lunes, 1 de octubre de 2007

La insidiosa y desdichada historia del Bajabragas

Relucía, brillaba, con todo el brillo que la ilusión le puede investir a esa estilizada figura que removía la conciencia en febriles ensoñaciones, idílicas escenas bajo las estrellas, el reluciente asfalto de la noche.

Dulce quimera, ciego delirio, triste condena; la historia del bajabragas duele como duele el desamor más desgarrado, la más inapelable pérdida, el desarraigado abandono, la miseria del engaño y la soledad.

Jode.

Hoy he llegado una carta. Me la he encontrado sobre la mesa del salón. Remitente: Deparment of Highway Safety and Motor Vehicles. State of Florida. Contenido: Certificate of title. Traducción: carta blanca, libertad, divorcio, principio del fin, luz al final del túnel. Pronto el Bajabragas y yo abandonaremos nuestra dramática y tormentosa relación, marcada por su infidelidad vil y traicionera.

¿Cómo ha sucedido todo? Parece llegar el momento de recopilar sucesos para ensamblar la más insidiosa y desdichada de las historias. Y todo por que al final he acabado viviendo en el quinto pino, y además sin coche.

Para mi que todo empezó una tarde en que caía una tormenta terrible en South Beach. Ya había visto este apartamento en Broadwater y lo tenía medio apalabrado con el señor Delgado, pero quería darme un margen para tomar una decisión que me era muy difícil. Pendían de hecho montones de decisiones, predicciones, pronósticos, vaticinios y augurios intentando proveer a la extraña y huidiza providencia de algo de consistencia. Eran tiempos extraños, en que no me quedaba más que la insana intuición, hipertrofiada y desmédulada por el abuso insistente. ¿Vivir en Hammocks o en la rutilante South Beach? ¿Acabaré por decidirme a comprar un coche de una vez?

Para lo primero fuimos las Triton Towers, en Collins Avenue con la 30 Street. Apartamento con vistas a Miami (parte del North West), profusión de espejos pegados en las paredes. Ya me imaginaba a la Panchi y sus amigas pasando de una en una por el catre, los amaneceres amargos de alcohol y resaca, el mar resonando en mis oídos (la playa estaba a una manzana) Y el precio era pagable. Pero había que esperar 15 días a que la dirección del edificio recibiera nuestra solicitud (aplicación), la estudiara y diera la conformidad, con lo que pensé: que os den bien por el culo, oiga.

Cuando salimos, llovía como nunca habíamos visto. Habíamos quedado con un profesor del año pasado, fuimos al Dinner’s y estuvimos hablando del monotema: Hallar vivienda en Miami: perspectivas y proyecciones.. Ahí decidí que pasaba de todo este rollo de seguir buscando apartamento por South Beach (desoyendo un resquemor interno) y que a cambio me iba a dar el lujo de comprarme un coche considerablemente mejor que los casacajos que se pillaban por ahí otros profes. Verbigracia: el Bajabragas. Lo vi en la craigslist y llamé sin esperanza (pobre idiota) .

Me recuerdo aparcando el carro rentado en el aparcamiento del Target de Coral Gables. Empecé a caminar desafiando el bochorno tropical, hasta encontrarme con el suizo ladino, que me enseñó el coche, pero daba igual que lo hubiera probado (que lo hice) o lo que sea. Sus asientos de cuero, o esa manera de darle a un botón y que se recogiera la capota me dejaron turulato. Ahora digo que fue un coche comprado con el viril miembro. Pero como ya saben algunos lectores de este blog, para mi donde hay sexo hay amor, y el mismo miembro es un apéndice de mi roto corazón estafado (que no estofado).

Obviaré detalles de la compra-venta propios de un curso de contabilidad y comercio y pasaré a la escena en que me veo llevando el coche al instituto, torrándome el cráneo, por que por supuesto, hay que llevar el coche descapotado así caigan 90 grados (Fahrenheit, por supuesto) a piñón. Y la primera noche en que me fui a South Beach, contento como nunca, que poco me faltaba para reírme solo, flipando con la visión de las estrellas y los edificios de Downtown recortándose sobre le horizonte . Aquella noche, a la vuelta, noté una vibración extraña, persistente y jodidamente arrítmica que en poco que saqué el coche a la Highway se volvió en tirones, descompensación de aceleración y otras huevadas. Pero bueno, pensé, ya lo mandaré mirar a ver que es lo que tiene.

Al día siguiente llevé a Mr. Delgado a ver un Daewoo que había encontrado en el Autotrader allá por Hialeah (pronúnciese jayalía, por raro que parezca) y el asunto empeoraba. Miré el aceite aprovechando que paramos para que él llamara a preguntar la dirección exacta (vale, CASI nos habíamos perdido) Resultado: no tenía aceite. No es extraño considerando que el susodicho líquido va fugándose por no sé donde. Vamos a una gasolinera y compramos aceite para rellenar el... ¿cárter?. Seguimos la marcha. Cuando llegamos a esa especie de chatarrero que se hacía llamar vendedor de coches, me bajo y nos damos cuenta de que sale a borbotones un líquido marronoso. No era aceite esta vez, si no agua. Llamamos a la grúa (50 $) y esperamos una larga hora. De ahí a un taller, esperamos en el taller otra hora hasta que nos vienen a recoger Iván y Vanessa. (por cierto, ¿he contado que el del taller nos dejó coger su metralleta, auténtica y en uso, tras quitarle el cargador? Inquietante sin duda). Bueno, pues ahí estamos, que yo pensé: nada, esto se arregla y hala. Pues ahí se fueron 500 dólares de los de verdad, no los del monopoly, y seguía haciendo lo mismo. Ah, y presupuesto para el cristal de atrás: 600 mortadelos. Hay que vender el coche.

¿Así de fácil? Pues no, claro está.

Por que el coche tenía matrícula provisional. No se puede vender hasta que lleguen los papeles. Llamé insistentemente al suizo, que se dé vidilla. Pero nada. Mi camino al monte carmelo continúa cuando se me caduca la placa provisional (y aquí la poli está por todas las putas partes) y por si fuera poco se le enciende un piloto que dice SERVICE ENGINE SOON. Camino de ida y vuelta a Taylor, mecánico chungo de la 47 avenida. Su ordenador no furrula en el coche. Me manda a Miller en la Bird Road. Ahí me dice que pueden mirar de arreglarlo, pero que si quiero me quitan lo del piloto chapuzeando con no sé que fusible. Le digo que vale. Me cobra 45 dólares. Me traigo el coche, y muy puteado ya, me alquilo un Hyundai en Enterprise rent a car.

Así hasta ahora.

Y pienso: a ver si se acaba esto de una vez y pasa a otro gilipollas como yo, que alguno tiene que haber, supongo.

Así acaba (o está a punto) la recalcitrante y muy didáctica historia del desengaño y la felonía. Espero que les haya parecido entretenida a la par que aterradora.

4 comentarios:

Justí Ficant Sales dijo...

Muy bien artista, le compraste un coche a un suizo huidizo sin que lo mirara alguien que supiera lo que se hacía. Te impulsó a ello tu polla, que según dices forma parte de tu corazón, y lo llevaste a arreglar a un mecánico que tiene una metralleta en perfecto estado de revista... Tío, ese pais de tarados te está afectando. Por curiosidad ¿con qué parte de tu corazón tienes ganas de merendarte a la Panchi? Apa nene, salud, que lo del sexo lo veo chungo a no ser que cambies de objetivo

TROPICO PSICOTROPICO dijo...

Bueno, bueno, bueno. O sea. No nos acordemos de un supermegachachi Saab nosécuantos.

Sí, vale, va y resulta que la cagué como un jodido gilipollas. Pero a ver que levante la mano el mister perfecto que no se haya equivocado nunca.

Ahora, que la Panchi ha visto el coche en el párquing y literalmente (o casi) se le han caido las bragas.Que me ha dicho que es un "carro muy lindo".

Llevarla en el coche me parece vergonzante, sobre todo después de que las últimas lluvias anegaran todo lo anegable, pero oye...

Yo tengo espernzas.

Y lo de cambiar de objetivo, a ver si cuento en el blog lo de una secretaria que se llama Jessica y es de Connecticut a la que yo he puesto el nombre de culibaja. Reducimos expectativas, pero...

No sé tú como lo ves.

Tierralandia dijo...

Qué golpe tan bajo, ese del Saab...

Anónimo dijo...

Tropicopsicotropico:

Ya me estoy dando cuenta, pero digamos que solo era un ejemplo, para que se sepa que todos hemos pringado en una ocasion.