sábado, 6 de octubre de 2007

El niño que todos hemos sido

Cuando vi que Jean le pegaba un cate al pobre y catatónico Orlando (el de los dientes de conejo) decidí imponer un poco de orden. Jean es un niño más bien rechoncho, de talante melancólico y apocado, que suele mirar el mundo con cara de empanado; un niño burbuja aislado y rarito que se retrae en si mismo, encogiendo los hombros como única respuesta a cualquier pregunta. Y además tiene voz de pito.

Enseguida formamos un juicio popular en la clase. Nos faltaba la soga, el árbol solitario en la plaza del pueblo y los sombreros de cowboy. Como en este país se dedican a enseñar a los niños valores incomparablemente loables como, verbigracia, chivarse de cualquier cosa chivable, dispuse de suculentos y pormenorizados testimonios en contra de Jean. En España los niños no se chivan, no solamente por lealtad solidaria, si no por principio ético, y así todos nos hemos pasado una horitas en el cole con aquella murria de que hasta que no salga el que lo haya hecho, no se va nadie. Y nadie cantaba, inapelables al desaliento, pero sobre todo temerosos de cargarnos ante los demás con la vergonzante lacra de la delación.

Para inculpar a Jean, en cambio, les ha faltado tiempo, y no había quien no quisiera participar en su pública lapidación y ejemplarizante escarnio. Cuando he resuelto sumarísimamente que le iba a imponer al reo una Detention los otros (siempre los otros) por poco aplauden como aplaudiría el populacho ante la ejecución del pobre jorobado de Notre-Dame, satisfechos en su ansia de sangre y vísceras.

Al acabar la clase, esos otros salieron en ponderosa estampida. Solo Jean permanecía en su asiento. Llorando desconsoladamente como un bendito, con accesos de gruñidos como de ...¿jabalí herido? y asincopados momentos de ahogo. Un llanto silencioso y profundo con su panoplia de moquera, que va muy bien para descongestionar las vías nasales. Y yo pensaba que podría haber elegido otro día para zurrarle al Orlando que no fuera viernes a última hora, cuando yo ya me había hecho la ilusión de fumarme un piti en cuanto saliéramos del canoso párquing. Y se estaba retrasando la cosa, con las ilusiones que me había hecho.

Le pregunté a Jean que a ver qué le pasaba y tuvo que transcurrir unos segundos en que se vio envuelto en una especia de acceso de rabia lacrimosa (el jabalí herido, socorrido símil) antes de decirme que la culpa era mía. ¿Por qué? Pues por que no le entiendo, al igual todos los demás (más o menos eso creí entender, y no sé si lo entendí bien, por que se supone que yo no le entiendo, al igual que todos los demás).

Sucede que cuando un ser humano ve a otro llorar, le da por ponerse trascendental, y yo no fui menos, así que me calé las gafitas redondas de Freud e indagué en su íntima afección. Por lo visto, Jean considera que todo el mundo le odia por no sé que historia de un niño que era amiguito suyo (probablemente el único) que tenía desde segundo grado y que en quinto empezó a decir “cosas malas” de él. Y en su versión, todos los niños son muy malos con él por que, por lo que pude colegir, y lo traduzco en plan adulto, el mundo está lleno de gente mala que se ensaña con el desprecio gratuito, por lo cual, él no confía en nadie y –digámoslo claramente- colecciona agravios. Y su preocupación mayor en aquel momento era que la citada Detention iba a quedarse registrada en su Progress Report de manera indeleble, una calamidad más que sumar a su cúmulo de desgracias. Que yo le dije que a ver, que eso era lo de menos. O sea, me refiero, el niño vive en una especie de oscuro valle de sombras, falsedad y desilusión, donde todo se complica y se suma a su inconmesurable desgracia y va y se preocupa por el Progress Report, maldita sea, es que las desgracias nunca vienen solas, y él es una víctima del sistema escolar, entre tantas otras cosas.

Entonces tuvimos un rato de psicoterapia en el que intenté explicarle que en el mundo se va a encontrar con personas buenas y malas. Es decir, que habrá personas que no serán buenas con él (It’s not easy, boy) pero también existen muchísimas personas que no solo no quieren hacerle daño, si no que incluso pueden valorar muchas cosas que él -supongo- tiene buenas. Pero para eso tiene que aprender varias cosillas. Para empezar, le dije, había que dejar de ser tan “sensible”, que es lo primero que hace falta para integrarse en cualquier grupo de animales humanos (esos que te piden, te entregan y se te entregan, te engañan, se engañan y se te sinceran, que ríen contigo y quieren y odian). Por que su problema es que magnifica cualquier pequeño incidente, sin duda por que se suma a una ristra mucho más larga y decididamente laberíntica decontrariedades. Jean no sabía qué significaba ser sensible. ¿Cómo le explicas tú eso a un niño de once años? Le dije que es como si se rompe un vaso en tu casa y tu madre se enfada mucho y tu padre dice que no pasa nada, que solo es un vaso. Vale, ya sé que es una comparación desafortunada propia de cualquier imitación de Barrio Sésamo, pero en mi disculpa diré que yo me encontraba imbuido en la trascendentalidad psicodramática, versión gurú sanador de almas. También le dije que tiene que conocer a las personas antes de decir que son malas. Para ello tiene que mirarles a los ojos, hablar con ellos y ser para ellos lo que quieres que ellos sean para ti. Demasiada complicación para el infantil entendimiento del niño burbuja, tan cargado de futuros traumas infantiles como para ponerse ahora a discernir.

En esas sonó el teléfono del niño, y cuando este se disponía a atender la llamada no le salió la voz, si no un gruñido propio de su repertorio de llantos inconsolables. Comprobando como andaba el asunto (que se lían las cosas más fácilmente que los cables de los auriculares del mp3) entendí que el chavalín no iba a poder volver a casa en ese estado, andando todo solano por las carretecalles entre moquera y moquera deseando que el mundo se hunda en el cieno de la oscuridad de su alma rota. Así pillé el móvil y hablé con la señora madre, a la que le expuse el panorama. Me contestó que venía en diez minutos.

Jean y yo aprovechamos ese tiempo para desglosar otros graves conceptos como por ejemplo ¿por que me odia todo el mundo? ¿Está el mundo conjurado contra mi por quien sabe qué oscuras razones? Él considera que le odian por que su papá es español (resulta que el chaval pasa los veranos en Madrid, donde sí tiene amigos) y sobre todo por que es “diferente” y “pasa” de todos ellos, amén de una serie de infamias y calumnias sin fundamento sobre él vertidas. Qué él, oiga usté, él no ha hecho nada para merecerse esto, más que ser expulsado del confortable y mullido vientre de su madre y obligado a vivir en este mundo cruel.

Aluego, que diría aquel, vino la madre (la del supuesto vientre mullido, que no parecía tal) y yo le hice un resumen amable del suceso, recalcando que el chaval estaba poco integrado en el grupo-clase, que se sentía rechazado por los demás y que necesitaba que alguien tuviera una profunda conversación con él. Propuse una visitilla al Counselor. La madre, en cambio, le soltó tremenda bronca a su vástago por pelele y vago (a causa de un comentario –que si lo sé me callo- que hice sobre el hecho de que no había manera de que agarrara un bolígrafo) que por poco no le pega ahí mismo un par de collejas bien dadas (de las que suenan). Y entonces entendí un poco más del expediente psicomental del interfecto.

Al final me fumé el piti que falta me hacía, mientras el niño probablemente se encerraría en su habitación para dedicarse a arrancar la cabeza a las muñecas o pasarse la última pantalla de la pleisteishon.

Uno se encuentra casos como este y se da cuenta de que no parece muy arriesgado pensar en las elevadas posibilidades de que el chaval acabe, dentro de unos años, convertido en un heavy de la rama gótica al estilo Marilyn Manson, gay sadomaso con gorra nazi de cuero, predicador del Ministerio Internacional del Rey Jesús, o peor aún, abogado de accidentes.

Pero sinceramente, que levante la mano (sin soltar el mouse) aquel que no encuentre algo de si mismo en su desconsuelo, su inadaptación, su vital lamento. Que levante la mano aquel que nunca se haya visto pronunciando aquello de que “nadie me comprende.” El que no se haya sentido alguna vez solo en el mundo, rodeado del odio, el desprecio, la incomprensión.

Por que ese niño, sí señores del jurado, ese niño, en el fondo, tiene algo del niño que todos hemos sido alguna vez.

5 comentarios:

Tierralandia dijo...

Todos somos Jean!

Justí Ficant Sales dijo...

Sí, todos somos Jean y Perico de los Palotes, pero me inclino por pensar que el mocoso acabará siendo un Abogado especializado en accidentes, gay reprimido y de claras tendencias facistoides (esto último por el simple hecho de vivir y educarse donde lo hace)

TROPICO PSICOTROPICO dijo...

Joan, te recuerdo que el niño es español y tiene pasaporte. No sé que hubieras hecho tú.

¿Nadie propone un par de sopapos?

Tierralandia dijo...

Véis? No podéis evitarlo, todo el mundo putea a Jean. Es víctima del mundo.

Sopapos!

Justí Ficant Sales dijo...

Fale, pero en todo caso espanol y sí, 2 sopapos también, pero sigo reafirmo en lo anteriormente dicho. Ea.