Miss Rodeo Texas se dejó impresionar por un profesorucho español que le preguntó si era buena persona, la escuchó con gesto de profundidad y le dijo algunas frases trascendentales antes de llevarsela en su Chrysler Sebring descapotable. Se la veía verdaderamente hermosa, con sus tremendas tetas embutidas en su corpiño rojo, su banda al hombro, su sombrero vaquero y sus espuelas de plata. Contemplaba las estrellas mientras rodaban por las abandonadas carreteras de Austin County, para acabar en un motel, donde repetidamente dieron rienda suelta a su desatada pasión entre sábanas revueltas, botellas de Jack Daniel’s, y ceniceros repletos.
El sueño pasó, y despertaron el lunes sin reconocerse a si mismos, apegándose aún así a las ensoñaciones que forjaron entre los efluvios del alcohol y la pasión. Viajaron hacia California, donde ella intentaría entrar en el mundo del cine y él se proponía dedicarse a escribir una novela, o al menos viviría la vida huyendo hacia delante. Interminables millas de carreteras secundarias, paisajes indómitos e inacabables. Pararon en Las Vegas y rememoraron en otro motel distinto pero igual las noches de ensoñación, ardor e ímpetu amoroso entre sábanas que eran distintas pero no eran iguales. Era tarde cuando la luz del sol le desveló, se despertó abrazando la ausencia de su cuerpo en su colchón. Pero lo malo no es que huyera con su cartera y con su coche, lo malo es que huyera llevándose además su corazón.
Veinte años después, la mujer que una vez fuera Miss Rodeo Texas se sentaba en la cocina de su casa en las afueras de las afueras de cualquier ciudad gris y poblerina, con su entreabierta bata tan descolorida como el tinte de su melena grasosa y descuidada mostrando sus senos si antes estupendos ahora fláccidos y mustios. Su hija Tiffany Ashley del Carmen reniega de ella, la considera una perdedora que nunca supo superar el hecho de haber encontrado al hombre de su vida en el momento más dulce de su ya olvidada carrera como artista y haberlo abandonado por seguir una inalcanzable quimera. De aquel hombre, apenas conoce lo que puede entresacar del farfulleo de su madre cada atardecer, cuando se emborracha y arregla su vida dando discursos al aire. Envuelta en la pesada y pegajosa cobertura de su alcoholismo, se tortura adorando el dorado recuerdo de su dorada y gozosa adolescencia, tiempo de ilusiones y sueños, y maldiciendo el martirio infinito de su infancia violenta y convulsa.
Harta de su madre, de su fracaso, de su trabajo en el McDonalds de la Washington Avenue, Tiffany Ashley se deja seducir por un rubio adonis con pinta entre macarra surfero y Ken el de la Barbie al que conoció en la línea de caja, cuando él iba con unos amigos a pedir unos menús quarter pounder. Después se encontró con que él la esperaba a la salida. Le pareció tan sorpresivamente romántico que por poco se le caían las lágrimas, y aquella noche le regaló la felación más bien hecha (con cariño, o sea) que había hecho desde la escuela primaria. Sonreían felices cuando estaban juntos, se llamaban con nombre cursis mútuamente y se prometían recordarse con intensidad en los momentos en que debían separarse. Cuando volvía a casa, con las bragas en el bolso, y veía aquel andrajo que era su madre, sentada en un taburete de la cocina, exprimiendo la enésima botella, sentía una íntima repugnancia por ella, por si misma y por su vida desconsolada.
Como amantes de un decimonónico relato ruso, Tiffany Ashley del Carmen y su Ken decidieron huir. Por que el destino tiene esas bromas tan retorcidas, decidieron huir a cualquier parte. Al destino le llamaremos Oscura Sombra, o Despiadado Payaso, por que al final acabaron en las Vegas, jugando quizás en la misma mesa donde sus padres perdieron el poco tiempo que tenían antes de ir al motel donde ella fue concebida justo la mañana antes de que sus padres se vieran por última vez. Pero esta vez, como si se tratara del reflejo en un espejo, fue Ken quien desapareció a la mañana siguiente, llevándose además el dinero que tenían en común, incluidos los ahorros de todo un año de agravios trajinando hamburguesas. Llorando desconsolada en su caduco y ajado lecho de amor, Tiffany Ashley del Carmen decide que aunque no sabe como, irá a Miami a buscar a su progenitor, cualquier cosa con tal de apagar el murmullo espeso de su conciencia, ese exasperante bisbiseo que le desgarra el endeble papel pintado que cubre su alma.
¿Qué será de Tiffany Ashley del Carmen en su nuevo periplo? Interesante momento Road Movie, ciertamente. A cambio de favores sexuales, subirá de camión en camión, hasta que en Alabama consigue robarle la cartera a un transportista. Llega a Tallahasse en tren, de allí a Orlando y finalmente Miami. En Bayside conocerá a un joven y simpático cubano que viste traje blanco y camisa de seda, un vendemantas que se dedica a anunciar en telemiami su negocio de carros usados en la 161 del SW, justo al ladito de la Palmetto Expresway. No hay que negar que se ha hecho famoso con una frase muy bien entonada: “vamos Albertico que lo vendemos dentro de un poquico”.
Escrito por tropicopsicotropico el 22/09/2007 07:28 Comentarios (0)
lunes, 1 de octubre de 2007
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