Ya tengo otro coche. Es un Daewoo Leganza, 23 mil millas, blanco, bastante feo. Me ha costado una pasta, nada menos que cinco mil del ala, tasas y demás polladas incluidas. Financiado, claro, con intereses un punto menos sangrantes que mi situación con el bajabragas de infausto recuerdo e injusta denominación, con su degeneración tan inexorable. Eh, me digo, que tengo 33 añazos y aquí estoy montado en esta escoria con ruedas, desconfiando razonablemente que pueda llegar a la escuela que está a diez minutos. Vivo en una habitación en un piso compartido muy bien situado en el más allá de Kendall, de hecho más cerca de Homestead, que ya es otra ciudad, que de Miami. Aquí estoy, me dije, con mis 33 años que ya son muchos, que no sé si voy o si vengo de la nada a la nada. Si me miraba en los bolsillos encontraba un fusible del diez, prometo que es así como lo cuento. No hacía más que cambiar fusibles, ajustar el tornillo del starter y otras labores ya cotidianas. Entonces la señora C me dijo que el problema requería gastarse la pasta. Ojalá, se diría, todo se pudiera arreglar así de fácil, hay que gastarse la pasta y ya está. Lo escribes aquí, tecla tras tecla y no parece lo mismo, pero he de decir que ha sido la única persona que ante mi penuria automovilístico-vital no ha respondido frívolamente, ni se le ha ocurrido decir pero tío por que te compras ese coche. Simplemente ha propuesto una solución razonable (visto lo visto) cuando yo era incapaz de pensar a derechas. Y uno agradece que en esos momentos venga alguien a decirle mira este es el camino a seguir, no lo pienses más. Como cuando alguien a quien no olvidaré me dijo que dejara Granada y me fuera a vivir a Salobreña. Dejar de pensar.
Y sin pensármelo dos veces, que se dice, fui a Broward-ojito, que ya es otro condado- por la Turnpike, que hubiera jurado que el maldito traqueteante no llegaba hasta aquel callejón chungo, estrecho y mal asfaltado donde el judío taimado ha montado su negocio de trapicheo automovilístico. Y así estamos, de un suizo cabrón a un judío taimado, vaya si vamos bien con la fauna de por aquí, eso sin contar al Everardo, que no sabe ya qué excusa poner para no soltar la mosca. Gil Behn Sihmon, que así –con todas sus haches- se llama el mentado hebreo, es un joven sonriente que me lleva hasta otro hangar en no sé donde en su Jaguar último modelo mientras me dice que he tenido suerte de poder conseguir la visa para venir a Miami, aunque en Spain no se debe vivir tan mal, ¿not so?
Empezar de nuevo, pensaba yo mientras farfullaba cualquier cosa. Quiero volver a empezar, dejar de sufrir. Destino inapelable, a ti te invoco para hincar ante ti la rodilla, oh tú incierto detentador de todo designio, y solicitarte una oportunidad para volver a la vida. Como si todo esto no hubiera sucedido, como si no quedara el poso de amargura ( ¡Oh, qué melodramático momento!)
Ahora me siento extraño. Apretas el botón de reinicio y el ordenador, desconfiado, te advierte de que algunos cambios no guardados se perderán ¿Realmente desea reiniciar?
Como no sé bien donde está el botón de aceptar, me dedico a dar vueltas por las carretecalles, sin rumbo fijo por la ciudad. Llamo a Cristina y me dice que está en Coconut Grove con unos cuantos españoleitors del programa a los que por supuesto no he visto desde hace mil años. Es lo que tiene el asunto: resulta que vas con el coche que funciona por algún lado cerca del centro, y oye, te va bien pasarte por Bayshore y pararte en el Monty’s a tomar un par de birras en la fabulosa terraza con resplandecientes vistas a la bahía y su puerto deportivo. Hemos quedado para ir el sábado de pic-nic, en plan bucólico-campestre. Admiro sinceramente a Cristina, su forma de ser. Cuando le contaba a la peña lo de Mr. Perfecto muchos me decían que no podía ser, que algo tenía que tener. Lo envidiaba, ciertamente. A Cristina en cambio la admiro. La veo ahí con su marido también de Cuenca, y bueno, simplemente lo llevan bien. Viven en el centro, tienen lo que buenamente necesitan, y en definitiva, lo llevan bien.
Luego me vengo a mi claustro monástico. Aterrizo en el canoso, vuelvo a casa después de dar cien vueltas más, y después de un largo rato de tortura televisiva acabo de nuevo en el vehículo, tarde ya, dirección, se supone, a la 36 street con la 72 avenida, una cuadra al este de la Palmetto expresway, donde mi gente viene a gosar, amigo, dice el locutor por la radio, tremendas gebas para los hombres que lo tienen bien puesto. Y allí que me fui. Atarazanas, se llama. Y entré, a cara perro, como los buenos, esperando que un piso antes del séptimo cielo se abriera el ascensor. Luces de colores, enjundiosas y minifalderas ninfas tropicales, tops de leopardo y bragas rojas bajo pantalones blancos. Uno tiene la sensación de que como se agache cualquiera de esas melosas lobas latinas que bailan sabrosón, fijo que se le ven las tetas. Y yo estaré para verlo, los pulgares en las hebillas del pantalón, acodado en una esquina. A las tres me miro el gesto en un espejo traicionero y decido volver por las venas de la noche en mi flamante Daewoo que por cierto vibra cuando lo pasas de 70 miles per hour, tócate los huevos. Por entretenerme, intentando evadirme del reguetón radiofónico, pienso en como contaré todo esto en mi blog, tócate los huevos también.
Y es que hace unos días, atorado en el sopor propio de mi monástico retiro espiritual en los Hamocks, y aprovechando como siempre la conexión de un buen samaritano, entré a fondo en el blog. Estuve leyendo un rato, desde abajo del todo, el muestrario de mis grandes momentos, con su bajabraguico monotema, y esas puntualizaciones tan agudas y avispadas que me salen de vez en cuando de la chistera.
Yo me veo, me veo aquí donde ahora mismo estoy, frente a la ventana que da directamente al Taco Bell, pasando la valla del recinto condominiense en el que paso y veo pasar las horas de tedio mundano. Me veo aquí aguzando el sentido literario del discurrir al que llamamos ir tirando, realizando rápidas e inusitadas conexiones, comentando con sarcasmo, parafraseando, metaforizando.
He aquí señores del jurado un bonito diorama de mi vida y de mi mismo, con sus luces y sus sombras, sus grandezas y sus miserias, humilde y trascendente, locuaz y entrecortado, sucio y etéreo. Todo expuesto en bien pulidos retazos, trabajados con la extrema sensibilidad y pericia del humilde artesano. Cara y cruz, frente y perfil, desventuras e infortunios, curiosidades y ocurrencias.
Pero no escribo para mi. Es bonito, me mola, a qué negarlo, me entretiene. Ahora mismo debería estar corrigiendo algo, preparando alguna clase, metiendo notas en el gradebook electrónico-cibernético supermoderno, confeccionando algún Power Point, pero estoy escribiendo en el blog para que lo lean mis colegas. Me atrae explicar así las cosas, confeccionar un literario traje de trascendencia, expuesto al público escarnio y la pública conmiseración. No es un diario, que sin duda sería mucho más fútil, más agresivo, más furioso. Con su victimismo, su constante lamento, su cruel laceración del alma, su pus, su sangre, su resquebrajada conciencia de que no puedo huir de mi mismo.
Para eso necesitaría otro blog, uno que jamás escribiré.