Tras un sueño espeso y amargo, y cuando volvía trabajosamente a este mundo de asfalto y palmeras, recordé que tenía que ir a Jimenez & Company, (Coral Way con la 88) a pagar la mensualidad del seguro. Así que me monté en el Bajabragas, (que últimamente se había comportado bastante decentemente, pobre ilusión mía), descapoté, capoté de nuevo cuando comprobé que probablemente me deshidrataría en menos de tres minutos con el calor que hacía, y partí por las carretecalles con la inusual desconfianza. Es lo que tiene el Bajabragas, que un rato se levanta mi esperanza para volverse de nuevo a hundir, y allá por la Dolphin Expressway (por que se me ocurriría meterlo por la autopista) empezó con su descompasada panoplia de quejumbres varias, que pensaba que no llegaba. Visto lo visto, decidí intentar volver. El eterno retorno nietszchiano. No sin penurias y sufrimiento, conseguí llegar a casa. Misión cumplida.
Así que me pasé la tarde embutido en la calidez del dulce hogar, con mi ya habitual resignación. Prendí, oiga, prendí el televisor. Que no lo encendí, lo prendí. No utilicé un mechero para prender el televisor, y tampoco un mando a distancia, si no un control remoto. Y en el prendido televisor ví que ponían, echaban, transmitían o lo que sea, la infame e infamante película que todos hemos visto, el clásico cinematográfico, el flin de culto cuyas cancioncillas chorri-cursis (seamos sinceros) todos hemos tarareado alguna vez.
Grease.
Ya lo he dicho.
Como, por lo que creo, asumo que tengo una personalidad ya bastante definida y formada, la influencia de aquel engendro musicado acerca de las relaciones de ni sí ni no de dos adolescentes filfas no caló en mi, y la estuve viendo con desgana (qué menos). Excepto por la escena del final, que pensé yo que hay que joderse, que ya me hubiera gustado que en la fiesta de graduación que no tuve viniera una cuarentona disfrazada de veinteañera con su tremendo pantalón de negro cuero (o eskay) dispuesta a destrozarme el organismo. ¿Que hay que cantar? Pues se canta.
Pero no, ni la Olivia, y ni siquiera la profe de griego (que tenía su aquel), a mi lo que me vino fue una señora Rottenmeyer que me dijo hola soy tu conciencia, vete acostumbrando, que me vas a tener cargada a las espaldas mucho tiempo a ver si consigo pudrirte el cerebro.
En la televisión americana tienen una curiosa costumbre, que es la de repetir la película íntegramente una vez ha acabado. Y al día siguiente la repiten otra vez, vaya a ser que te escapes de verla. Y esta la repitieron. Así que la ingerí de nuevo. Enterita. Ahí, en plan autoflagelación, y no sin piafar indignado cuando veía a la cuarentona con aquellos vestidos de vuelo, sopesando lo bien que le iría a cualquiera de los personajes una buena manga de hostias. En mi disculpa diré que intenté cambiar de canal, pero la única opción decente era (amén de informativos y béisbol) Los puentes de Madison (¿pero que coño les pasa a los señores programadores?).
Otra vez estábamos en la feria, con los panolis engominados malandrines de teatro de barrio y sus correspondientes garrulas bien peinadas. Y ahí viene la Olivia, hala, fumandose un piti. Será posible, que chunga se ha vuelto. Oiga, y aluego el culo que tiene.
Pero a mi que ya tengo una edad, y sobretodo que soy yo y mis circunstancias, me viene ahora mismo la Olivia meneando el pandero y por lo pronto a lo mejor se me ocurre hablarle de mi desgracia particular con el coche, filosofar un rato sobre la necesidad de todo el mundo de hallar una estabilidad absurda, rememorar tres o cuatro experiencias de las que aprendí importantes enseñanzas para la vida y reflexionar sobre el concepto moral de la mentira en el mundo contemporáneo, todo ello para acabar preguntándole si es buena persona.
Fatal.
Apagué el televisor, y prendido a la botella vacía, esa que antes tuvo gusto a nada, recordé que un día Olga me pidió que fuéramos a un hotel, en plan romántico, lo cual no era una tendencia que ella tuviera muy a menudo. Fuimos a un establecimiento hostelero con nombre de marqués finolis en Granada, en una de las callejuelas entre el Ayuntamiento y la plaza de las Angustias (que así se llamaba, lo juro.) Como había que esperar que ella saliera del mesón donde curraba, era tardísimo cuando llegamos. Echamos un polvo, nada del otro mundo, y nos dormimos, desnudos como dios, no como dios nos trajo al mundo, si no como dios.Y en las entretelas del sueño, justo antes de la fase REM, ella me dijo entre susurros que conmigo podía al fin descansar. Me había dicho mil veces que no me quería, pero dormía recostada en mi hombro como hacía siglos no había dormido. Yo en cambio me quedé contemplando en el techo las rendijas de luz que se colaban por entre las persianas.
Amanecía.
jueves, 11 de octubre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario