domingo, 11 de noviembre de 2007

Tarde junto al río - Más sobre el diario de Asquebud

Se detuvieron ante el batán, inmóvil ya, momificada reliquia de otros tiempos, con sus inmensos travesaños de madera, sus desvencijadas poleas. Remedios le explicó a Amanda el proceso por el que el agua empujaba los resortes que golpeaban incansablemente la piel muerta, hasta domesticarla, desbastándola. Dieron una vuelta alrededor de la precaria estructura, pasaron la mano sobre el mástil principal, intentando sentir su fuerza ya inerte. Después subieron por un sendero, cuesta arriba, dificultosamente, hasta ganar un repecho, y de ahí, apartando unas ramas, pasaron por un atajo hasta la carretera principal, justo enfrente de un recio edificio de piedra coronado por un cartel que decía Cafetería Alto Aragón. Cruzaron la calle –Amanda seguía dócilmente a Reme, que caminaba con paso firme- y entraron. Tras departir brevemente con cada uno de los pocos clientes del bar, se sentaron en una mesa del fondo, junto al ventanal que, de nuevo, ofrecía unas inmensas vistas al río.

- Somos lo que queremos ser, tenemos lo que queremos en la vida – dijo Reme, continuando de repente la conversación que habían dejado en suspenso- Todo está en nuestra cabeza, en lo que pensamos. Si piensas que el mundo es injusto contigo, que la gente se aprovecha de ti, si crees que no vales para ese trabajo, que no te mereces el amor de otra persona, que eres indigno, que nadie debería confiar en ti, que no eres capaz, que nunca lo conseguirás por mucho que te esfuerces... Si piensas todo eso, eso es lo que te sucederá, por que ya estás predispuesto, y habrá alguien que será injusto contigo, alguien que te se aprovechará de ti, y nunca tendrás un trabajo con el que te sientas satisfecho, ni podrás jamás creer en el amor, fallarás en todo lo que haces, traicionarás la confianza, el amor, el respeto que los demás ponían en ti. Te predispones, sí, eso es. De alguna manera eso es lo que quieres para ti mismo, y claro, te confirmas en eso, y dices, no, hostias, ¿Qué quieres? si eso es lo que vivo, ya he comprobado que no puede ser de otra forma, yo sé más que nadie sobre esto, a mi ya no me engañan.

De repente, se hizo el silencio, un silencio intenso, profundo, apenas mancillado por el ruido de la loza que la camarera colocaba en la barra, la máquina de café, el amortiguado volumen de la televisión sobre su repisa polvorienta, muy lejos de donde ellas dos estaban. Silencio. Remedios removió innecesariamente el café, de nuevo con la vista perdida en el río. Atardecía. Las sombras comenzaban a cubrir el pueblo de Asquebud. Remedios miró a Amanda.

- Yo era así.

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