lunes, 12 de noviembre de 2007

Sexo


Cuando yo era niño tenía una novia que se llamaba Judith, pero ni ella ni yo sabíamos que éramos novios. Yo recuerdo muy poco por que éramos muy pequeños, creo que estábamos en primero de EGB. Íbamos al cole cogidos de la mano, y nos dábamos un besito al despedirnos para ir a nuestras clases.

Para que un alumno pueda transitar por los canosos pasillos en horas de clase es menester que disponga de un pase firmado por un profesor. Yo tenía un libreto de pases que me dieron en la office. Son unos papeles amarillos que hay que completar y firmar, por lo que creo recordar, y digo creo por que a mi pronto me desaparecieron, supuestamente hurtados por alguno de mis adorables alumnos. ¿Por qué? Su valor es incalculable en el mercado negro. Si lo llego a saber antes, los vendo yo mismo, que ando mal de fondos.

Todo se pierde en una nebulosa, vagos recuerdos ya casi perdidos, enterrados bajo el peso del tiempo. Los padres de Judith se mudaron, como en las películas. Se fueron a Tortosa, y cuando veo ese nombre escrito en alguna parte, me acuerdo del camino al colegio, las batas azules, las franjas amarillas y negras de los lápices. ¿Jugamos alguna vez a médicos? Pues no, eso pasó después y con otra niña, ni me acuerdo ya de quien era. Tenía braguitas de color rosa.

El uso fraudulento de estos papeles amarillos es evidente: niños que llegan tarde a clase con el papel en la mano, firmado por otro profesor, a ser posible de otro pasillo (el lector perspicaz habrá comprendido que la firma es falsa) Así, a la señora C., a la que también le han desaparecido los pases de pasillo, como a tantos otros, le viene un profesor diciendo que hay una niña que viene tarde a su clase y siempre trae partes firmados por ella. Ahí descubren el hilo donde empiezan a tirar.

Pasa la vida pasa, y llegamos a un domingo; creo que era domingo. Yo tenía doce o trece años. Pensé que estaría bien sacar del cajón los airgamboys y los clicks. Tenía sólo tres airgamboys, uno gladiador, con su casco, un astronauta con pistola láser y un centurión romano. Los demás eran esos chungos clicks de playmobil, qué cosa más guarra. Los airgamboys contemplaban las mesnadas de enemigos–esos rubios pequeñajos- desde lo alto de la estantería, y se lanzaban a mandobles con todos ellos, triunfando siempre, por supuesto, pese a ciertas dificultades circunstanciales debidas a la perfidia de sus oponentes. Pero aquel domingo, mientras colocaba los clicks que pronto –lo sabía- debían ser defenestrados, me sentí extraño. Me di cuenta de que aquello ya no me divertía como antes. Salí de la habitación y me puse a ver la tele, preocupado. ¿Me estaba haciendo mayor? Luego pusieron el coche fantástico y me abstraje de mis profundísimas reflexiones. Un año después, más o menos, estaba en un descampado fumando a pachas un ducados que Pedrito le había robado a su padre.

El viernes la señora C. y yo salimos de la hora de detenciones (castigo que consiste en obligar a los niños a quedarse una hora más en el colegio) y por los pasillos me cuenta lo que ha sucedido con la mencionada niña. Un profesor encontró una nota escrita por la susodicha y la leyó (yo nunca las leo, no vaya a ser ilegal o algo así) La nota relataba en términos procaces los pormenores de las relaciones sexuales que por lo visto mantenían la niña y un compañero en el lavabo del tercer piso. O para ponerlo en claro: se ponían a follar como conejos en el lavabo. Dos niños de doce años. Y según la nota, les quedaban pocas cosas por probar, por que lo habían hecho “por delante, por detrás y con la boca”

Entre séptimo y octavo, el trío calavera que formábamos Ramón, Pedrito y yo, íbamos a fumar a una especie de zanja, algo así como una riera que había al poco de salir del colegio, en dirección a Marianao. Recuerdo un eucaliptus gigante que había cerca. Un día quedamos con dos niñas de clase: la Rosa y la Montse. Mientras las esperábamos en el escondite, encendiendo un cigarro con unos fósforos, discutíamos sobre si debíamos meterles mano a las niñas o qué. Ahí salió la idea de que les enseñáramos el miembro a las niñas, y luego a ver qué pasaba. Ni que decir tiene que nos veíamos ya desvirgados. Por que todo el cole, pero TODO EL COLE sabía que la Rosa era muy puta, por que se había enrollado con el David Suela, y el David Suela asegura que le había tocado las tetas y el culo POR DEBAJO DE LA ROPA. Eso además de muchas otras cosas que se decían y que a ella no parecían molestarle si no que más bien fomentaba las habladurías. ¿Y qué decir del día que vino al cole con pantalones de cuero? ¿Y cuando se hizo la permanente? ¿Y cuando se empezó a maquillar? Total, estaba cantado. Vinieron y tal. Fumamos dos cigarrillos más, y ahí fue dónde descubrí que había que tragarse el humo, por que Rosa, que era ya una mujer de mundo –en ciernes, al menos- nos aseguró que así era. Y nosotros acabamos tosiendo como condenados, claro. Luego ellas se sentaron a nuestro lado, sentía el calor de aquella niña, el leve contacto de su brazo con el mío, y pensaba, muy preocupado ¿Esto como se hace? ¿Me la saco ya o qué?

Para eso necesitaban los pases de pasillo, para irse al lavabo de la tercera planta. El lugar parece ideal, por que en esa planta no hay más que tres clases, el resto son aulas vacías. Y ahí, resguardados y olvidados del mundo entero y con el pase especial en el bolsillo de los pantalones arremangados, se ponían a follar a gusto, a follar como niños o como ángeles, sin complejos ni dudas, sin timidez ni amargura, sin arrepentimiento ni remordimientos, inocenntes y emocionados cual Adán y Eva.

Pasado el rato Rosa y Montse, tras cuchichear algo, dijeron que se iban. Y no sé como pero al final, viendo que se levantaban dispuestas a marcharse, no sé si fue Pedrito que se bajó la bragueta, y hala, claro, yo no podía ser menos, así que nos pusimos ahí en plan exhibicionista. Que ellas se quedaron contemplando la escena, no diré que dantesca pero sí curiosa, y se fueron, como habían anunciado, pero más nerviosas, algo apresuradas. Se habían llevado el paquete de Celtas que teníamos. Tuvimos que fumarnos una colilla que habíamos dejado tirada. Ahora lo recuerdo y pienso: éramos niños de barrio.

El profesor en cuestión puso la nota en conocimiento de la dirección. A todo esto recordaremos que la niña no sabía que su nota había sido hallada, y seguía con su costumbre de subir al lavabo de la tercera planta a encontrarse con su amante. Cogidos de la mano el imberbe amante y ella entraron en el lavabo, se besaron. Pronto se dieron cuenta de que ahí les estaba esperando una caterva de adultos con gesto adusto. Supongo que entonces entendieron que la habían cagado, que les habían pillado, la gran debacle.


Después de aquello ni Rosa ni Montse quisieron volver a quedar para fumar en la riera. Ni fumar ni nada. Después todo cambió, nos despedimos del colegio, con sus vallas rojas, su patio y sus mesas verdes. Yo fui al instituto. Seguia bien los cursos, salía con los amigos (basurillas) los fines de semana y muchas tardes, hacíamos excursiones por el campo, quedábamos para jugar al ping pong en el casal, o nos juntábamos en la biblioteca. Por aquel entonces era obligación que te gustara una tía. Yo elegí a Sonia Cerezo, que me parecía estilosa y como muy madura –tenía tetas- y pasaba horas pensando a ver qué podía decirle, con qué tono y desenvolvimiento. Total para nada, por supuesto, por que no sabía como continuar. Y pasó el tiempo, y siguió pasando.


Una vez atrapados, los amantes fueron llevados al despacho para el juicio sumarísimo en presencia de jerifaltes. Se llamó a las madres. Me las imagino ahí, llorando de rabia por lo puta que le ha salido la hija. Eso la madre de la niña. La madre del niño, pues bueno, como en todas partes, un machote. Los niños reconocieron su culpabilidad. Repito, reconocieron su culpabilidad, por que a partir de entonces, ya serán culpables. Puede que dentro de unos años alguien venga a decirles, con ese aire de persona desenvuelta y desacomplejada que todos conocemos, que hay que tomarse el sexo como algo natural, oyes. Pues por lo pronto, ellos son culpables. Culpables por que, tal como confesaron, lo habían hecho por delante, por detrás y con la boca. Y a su edad ya intuían claramente lo que les estaban diciendo en aquel despacho: que eran culpables como nadie podía serlo, que la suya era una mancha grande y vergonzante, sucia, indecente, impúdica. Culpables de su mutua desnudez, de su contacto, de sentir el calor del otro, el tacto, la intensa sensación de sentirse unidos. Culpables por que les molaba hacerlo, hacerlo por delante, hacerlo por detrás, hacerlo con la boca, hacerlo simplemente, hacerlo como dioses en una nube, hacerlo sin medida y sin control, sin edad suficiente ni permiso de las autoridades competentes.


Para un adulto follar no es lo mismo que para un niño. Los adultos hacen el amor o follan, o echan una canita al aire, o se dejan llevar por la pasión, o tienen una aventura. Y follan por compasión, por pena, por venganza, por morbo, por probarse, por demostrar y mostrarse, por desahogarse, por no sentirse solos y miserables en la inmensidad de la nada. Follan por que hay que follar, por que es lo que toca, por sentirse vivos, por que lo echan de menos, por sentirse queridos, por que les quieran, por un paseo en coche, por gratitud, por dinero, por pasar el rato, por gimnasia, por despecho, por cumplir, por nostalgia, por vicio, por no perderte cariño mío, por que el tiempo se va y no sabemos dónde escondernos. Follan y follan, y todo se convierte en ceniza, y calibran cada polvo, lo valoran, estiman las variables de ritmo en cada empuje, la postura, la profundidad en la penetración, el tamaño y forma de piel y carne. Se atan, se tapan los ojos, se visten de cuero, se disfrazan, llenan la bañera de espuma, se documentan en libros, visionan vídeos, se rompen la ropa interior, se clavan la palanca de cambios en la espalda, se ponen bolsas en la cabeza, se tiran de los pelos, se pegan, se clavan pinzas en los pezones, se escupen y se mean encima, se toman pastillas, se ponen anillos vibratorios, se filman y fotografían cubiertos sólo con máscaras.

Pero no eran los únicos. Puedo comprender su delación, los motivos que les llevaron a hacerla, a pesar de todo. Ya no eran inocentes, si no seres indignos, en el mejor de los casos chiquillos que se habían equivocado, se habían propasado. Nunca más serían inocentes. Había otros que tampoco lo serían: no eran los únicos. Había ocho personas más frecuentando aquel lavabo. Muchas veces juntos. Supongamos para qué, vamos a pensar mal y acertaremos, venga, pensemos mal, esbocemos una media sonrisa medio pérfida, un gesto de indignación y sorpresa. Todos estamos indignados. Los padres, indignados; los profesores, indignados también. La indignación recorre los pasillos del instituto, se cuela por los lavabos de todas las plantas, sobre todo la tercera.

3 comentarios:

Justí Ficant Sales dijo...

¿El tema de la educación sexual en los States bien, no?

Tierralandia dijo...

Eres enorme

Nº6 dijo...

ya hace unos dias que he leido este spot, no habia puesto nada porque habre varias vias. La inocencia de la niñes, el sexo, la evolucion de los tiempos, la nostalgia, tu estilo literario etc. No desarollare todo lo que me ha hecho pensar porque como ya como lo sabes soy baga (simplemente no simple ;-))
Por lo de la inocencia de la niñes por ejemplo cf André Gide que tiene noelas interesantes sobre el tema.
Quizas se podria simplemente resumir en lo que es el sexo en general sea la edad que sea. Es sucio? (me viene en memoria algunos comentarios que se me hizo cuando descubri que mi Manon ya no era "inocente" te sorprenderias seguro o no.
No creo que que sea mas inocente porque practicado por niños o que pierdan su inocencia por practicarlo. El sexo es curiosidad, deseo, placer, complicidad que sea practicado como sea y a la edad que sea. Simplemente estos niños se saltaron lo de jugar al doctor, y estos adultos se hubieran ofuscado igual. Porque?
Porque envidiosos porque no lo tienen o vueltos de todo y ya enfermos, encerrados en su educacion estrecha, sus dogmos... etc
Vias de investigacion....