
El Publix parece un lugar anodino, con sus estanterías repletas de productos saturados en colesterol, sus cajitas con comida precocinada, las neveras llenas de pavos grandes como calabazas, sus congelados y su pastelería en que abunda la crema para que se derrame por entre la comisura de los labios de los seres anodinos que transitamos perdidos por los pasillos, calibrando las cualidades de un paquete de Sweet Ham de Premium Meat sobre otro que es poco más caro, sopesando si debemos aprovechar la oferta de 24 latas de cerveza Busch o seguir siendo fieles a nuestra Budweiser Select, dudando si debemos dejar rodar el carro por la sección Ethnical Food o no. El Publix es un extraño recinto de luz lechosa, donde los alimentos se apilan de forma ordenada para la contemplación del cliente. El campanilleo de las cancioncillas navideñas se convierte en nuestro propio ritmo, y así vamos de un lado a otro sintiendo que el tiempo no pasa, que nada existe ahí fuera, en el mundo de palmeras y asfalto. El Publix es un ser inerte, como un pulmón colgado de un gancho.
Hace tiempo que me fijo en ti, no sé si lo sabes. Disimuladamente, entre los pasillos de refrescos y patatas fritas, oteo el horizonte, que se pierde en la sección de fruta y verdura, por si por un casual te veo. Ya tengo el método muy afinado y solo voy hacia las ocho de la tarde, cuando hay menos clientes. Aún así hay veces que no te hallo. Entonces me entretengo –se me va la vista- intentando adivinar si a la mujer extraña que viene del gimnasio de al lado (esas mallas apretadas, esos músculos, ese cuerpo fibrado) se le va a salir una teta al dejar el paquete de cereales en el carro. Es algo que ya ha pasado y estos ojos que se va a comer la tierra lo vieron. Ahí estamos los que estamos, la señora reteñida de la caja seis, la mujer gorda como ninguna que llena la cesta con la que se pasea, la chica afectada de acné virulento que está en el mostrador del Customer Attention, el abuelo que empuja los carros, el chaval que repone los bidones de leche, los yogures, las latas de guisantes que ahora están en oferta. A veces estás tú, y a veces estoy yo. Te miro y no sé por que estás aquí. Tampoco sé por que estoy yo. Eres guapa y espigada, quizás no sepas que podrías estar en cualquier otra parte, regalando al mundo el brillo de tus ojos castaños. Te imagino en el catálogo del JC Penney, foto a todo color en la sección Young Lady, con una blusa en seda negra por 33,49$ mientras duren las existencias.
Hace tiempo que me fijo en ti, no sé si lo sabes. Disimuladamente, entre los pasillos de refrescos y patatas fritas, oteo el horizonte, que se pierde en la sección de fruta y verdura, por si por un casual te veo. Ya tengo el método muy afinado y solo voy hacia las ocho de la tarde, cuando hay menos clientes. Aún así hay veces que no te hallo. Entonces me entretengo –se me va la vista- intentando adivinar si a la mujer extraña que viene del gimnasio de al lado (esas mallas apretadas, esos músculos, ese cuerpo fibrado) se le va a salir una teta al dejar el paquete de cereales en el carro. Es algo que ya ha pasado y estos ojos que se va a comer la tierra lo vieron. Ahí estamos los que estamos, la señora reteñida de la caja seis, la mujer gorda como ninguna que llena la cesta con la que se pasea, la chica afectada de acné virulento que está en el mostrador del Customer Attention, el abuelo que empuja los carros, el chaval que repone los bidones de leche, los yogures, las latas de guisantes que ahora están en oferta. A veces estás tú, y a veces estoy yo. Te miro y no sé por que estás aquí. Tampoco sé por que estoy yo. Eres guapa y espigada, quizás no sepas que podrías estar en cualquier otra parte, regalando al mundo el brillo de tus ojos castaños. Te imagino en el catálogo del JC Penney, foto a todo color en la sección Young Lady, con una blusa en seda negra por 33,49$ mientras duren las existencias.
Hace unos días, cuando te vi en el mostrador del tabaco, acudí solícito a comprar un paquete de Winston al prohibitivo precio de 3,24$, solo por saludarte cuál rendido admirador.
Me sonríes cuando te saludo y me preguntas cómo va todo. Y te digo que bien, se va tirando, aquí estamos. Tú más o menos lo mismo. Cuánta cortesía. Te llamo por tu nombre y tú me llamas por el mío. Te interesas por el motivo por el cuál he venido de España, me preguntas como es la vida allí, alabas mi acento que te recuerda al de tu abuelo, allá en Colombia. Yo respondo lacónicamente por que no se me escape sincerarme contigo y explicarte que soy un individuo perdido, errando de un lugar a otro . No vaya a ser que te confiese algún día que soy un pobre hombre que no merece tu sonrisa o que tú eres una mujer lo suficientemente desconocida como para que te recuerde. Que esto no existe, que todo pasa y nada queda, que todo se convierte en cenizas. Y así se pasa mi enésima oportunidad de iniciar contigo una conversación que no llevará a ninguna parte.
Sé que es mejor así.
Me sonríes cuando te saludo y me preguntas cómo va todo. Y te digo que bien, se va tirando, aquí estamos. Tú más o menos lo mismo. Cuánta cortesía. Te llamo por tu nombre y tú me llamas por el mío. Te interesas por el motivo por el cuál he venido de España, me preguntas como es la vida allí, alabas mi acento que te recuerda al de tu abuelo, allá en Colombia. Yo respondo lacónicamente por que no se me escape sincerarme contigo y explicarte que soy un individuo perdido, errando de un lugar a otro . No vaya a ser que te confiese algún día que soy un pobre hombre que no merece tu sonrisa o que tú eres una mujer lo suficientemente desconocida como para que te recuerde. Que esto no existe, que todo pasa y nada queda, que todo se convierte en cenizas. Y así se pasa mi enésima oportunidad de iniciar contigo una conversación que no llevará a ninguna parte.
Sé que es mejor así.
3 comentarios:
La mujer del Publix, eso da para título de algo. Ella ajena, tú perdido. La noche, neblina en las calles, esa soledad ruidosa que todo lo impregna, a veces complice, a veces condena y siempre compañera. Ella podría ser escritora en busca de personajes o puede que taxista comprando al finalizar su turno, justo antes de deslizarse hasta su apartamento de soltera. O una joven casada que ha descubierto demasiado pronto lo rápido que se acaba todo. O todo lo contrario. Anímate, hasta podemos escribirlo a medias, personajes femeninos, excusas perfectas.
Es algo más trivial: trabaja en el Publix. Lleva un batín verde sobre una blusa blanca. Se llama Diana, y por lo que he podido colegir está soltera y sin compromiso.
Y aluego el culo que tiene.
Bien, bien, trabaja allí y ya tienes algunos datos. Tú insiste, hablale de tu país, la nostalgia y tal, un buen culo bien vale un poco de teatro. Ya irás informando nene. Suerte
Publicar un comentario