
No puedo dormir. Es una costumbre que tengo desde hace mucho tiempo. Hay quien no puede entender por qué. Dormir plácidamente se ha vuelto un mito de la vida acomodada, un lujo burgués, por que los currantes de verdad se levantan a las cinco para que no les pille la caravana. Yo en cambio tengo lo que quiero, por más que no quiera. Tengo la penumbra de un cuarto con un ventilador que da vueltas y se me lleva los pensamientos, que van fluyendo en la pereza de estar cansado y no poder dormir. Y un ordenador portátil en el que escribo cuando estoy desvelado. No siempre artículos de este blog, la mayoría de las veces documentos de word con títulos como Sustantivos intermedio.doc, Test modismos.doc y muchos otros para que los niños se entretengan y no me den la vara cuando estoy en clase, amorrado a la botella (de agua) pensando, Dios, que sueño que tengo, joder.
Pero no es el mío un insomnio trascendente, ni siquiera es insomnio, que se diga. Yo creo que es un ritmo diferente e indisciplinable. Lo bueno de tener novia –ya da igual, la que sea- es que acabo durmiendo cuando ella duerme, y si no al menos me entretengo acariciándoles la espalda, la nuca y el pelo. Es bonito. Ahora en cambio estoy en la cama leyendo libros de la biblioteca West Kendall, sobre cualquier tema. Lo último es un volumen sobre la trayectoria de grandes sagas de los negocios. Menuda panda de cabrones.
Pero no es el mío un insomnio trascendente, ni siquiera es insomnio, que se diga. Yo creo que es un ritmo diferente e indisciplinable. Lo bueno de tener novia –ya da igual, la que sea- es que acabo durmiendo cuando ella duerme, y si no al menos me entretengo acariciándoles la espalda, la nuca y el pelo. Es bonito. Ahora en cambio estoy en la cama leyendo libros de la biblioteca West Kendall, sobre cualquier tema. Lo último es un volumen sobre la trayectoria de grandes sagas de los negocios. Menuda panda de cabrones.
Apago la luz y me pongo a pensar en vidas paralelas, gran destrozo mental a la par que afición mía de toda la vida. Me veo casado, en una playa, gritándole a un Borja que como se coma la arena voy a tener que ir a calentarle el culo, o como te ahogues te mato, y cómete el melón, y luego tu media horita para la digestión, alguna cosa de esas. Me veo, la verdad, me veo en mis vidas paralelas. Podría tener grandes volúmenes si no fuera por que voy olvidando los episodios, que no tienen una sucesión muy lógica. Y como me veo en cualquier lugar, con una o con otra, que ya te juro que todo me da igual, me pongo a pensar a ver en que coinciden todas las historias a ver si encuentro un punto en común que me indique qué coño quiero en esta puta vida, por que lo que no quiero me parece cada vez más claro que tampoco lo sé. Me duele la cabeza de tanto pensar, qué agobio. Y si miro el ventilador un rato largo ya ni me doy cuenta de que las aspas se mueven tan cíclicamente, coño, ya estoy otra vez pensando, joder.
Contenido trascendental de mis pensamientos mundanos en esta sala de espera llamada habitación (¿ciudad, país, mundo, vida terrenal?) Cada uno tiene lo que quiere. Y yo tengo un ordenador portátil en el que escribo en este blog (gracias a una conexión que no pago yo), un coche medio chungo, cuatro camisas, el derecho a pernoctar en un cuarto de un piso de alquiler y un papel timbrado que certifica mi condición de funcionario con los derechos y deberes que a tal condición se le suponen según lo establecido bla bla bla. Por que he querido, y me ha dado a mi la gana, que podría haber tenido otras cosas. Lo menos una hipoteca para pensar que vivo mal, coño, pero es por una razón lógica, ostias, no por mi mala cabeza, inquietud, desapego mundano, miedo o incapacidad para llevar una vida estable (sigamos pensando: ¿realmente hace falta?) Ah, y tengo cien dólares en mi cuenta y un cartón de Winston que ya se está acabando con eso de velar las quijotescas armas. Me levanto y me voy al baño a remojarme el rostro ojeroso tras comprobar en el espejo traidor lo vieja, gorda y fea que se está volviendo la masa de carne que envuelve mi alma insomne. Dentro de poco estaré a punto para el grecian 2000.
Ahora mismo me encantaría estar en España, tener el Stilo y recorrerme la península de un lado a otro, parar a comer bocadillos de pepito de lomo en los bares de carretera, beber coca-cola de lata y escuchar discos de Blondie, Blur y Radiohead a 150 por hora. Dentro de un rato querré otra cosa.
Ahora solo me queda esto. La noche, una habitación, un paquete de tabaco y un puñado de neuronas sospecho que defectuosas. Para mañana, esperanzas de que a la clase venga la diosa transoceánica a mostrarme el escote, la sonrisa y la mirada fulminante de prometedora y desterrada princesa del glam isleño. O al menos que pasen las horas no sé para qué.
Mi reino por un porro, un poco de modorra, soñar con cosas extrañas como toda la vida, o al menos, Dios mío, si no quieres concederme el favor del sueño, que miserablemente admito que no me he ganado, pon algo que no sean zanahorias en mi nevera.
Contenido trascendental de mis pensamientos mundanos en esta sala de espera llamada habitación (¿ciudad, país, mundo, vida terrenal?) Cada uno tiene lo que quiere. Y yo tengo un ordenador portátil en el que escribo en este blog (gracias a una conexión que no pago yo), un coche medio chungo, cuatro camisas, el derecho a pernoctar en un cuarto de un piso de alquiler y un papel timbrado que certifica mi condición de funcionario con los derechos y deberes que a tal condición se le suponen según lo establecido bla bla bla. Por que he querido, y me ha dado a mi la gana, que podría haber tenido otras cosas. Lo menos una hipoteca para pensar que vivo mal, coño, pero es por una razón lógica, ostias, no por mi mala cabeza, inquietud, desapego mundano, miedo o incapacidad para llevar una vida estable (sigamos pensando: ¿realmente hace falta?) Ah, y tengo cien dólares en mi cuenta y un cartón de Winston que ya se está acabando con eso de velar las quijotescas armas. Me levanto y me voy al baño a remojarme el rostro ojeroso tras comprobar en el espejo traidor lo vieja, gorda y fea que se está volviendo la masa de carne que envuelve mi alma insomne. Dentro de poco estaré a punto para el grecian 2000.
Ahora mismo me encantaría estar en España, tener el Stilo y recorrerme la península de un lado a otro, parar a comer bocadillos de pepito de lomo en los bares de carretera, beber coca-cola de lata y escuchar discos de Blondie, Blur y Radiohead a 150 por hora. Dentro de un rato querré otra cosa.
Ahora solo me queda esto. La noche, una habitación, un paquete de tabaco y un puñado de neuronas sospecho que defectuosas. Para mañana, esperanzas de que a la clase venga la diosa transoceánica a mostrarme el escote, la sonrisa y la mirada fulminante de prometedora y desterrada princesa del glam isleño. O al menos que pasen las horas no sé para qué.
Mi reino por un porro, un poco de modorra, soñar con cosas extrañas como toda la vida, o al menos, Dios mío, si no quieres concederme el favor del sueño, que miserablemente admito que no me he ganado, pon algo que no sean zanahorias en mi nevera.
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