sábado, 15 de diciembre de 2007

¿Quién soy yo?

Me sentía feliz, radiante como pocas veces, mientras rodaba por la US 1, para luego, en un golpe eficaz, preveyendo la aglomeración que comenzó por la 30 avenida, girar hacia Coral Way. Las decoración luminosa de las casas unifamiliares con jardín y grandes coches en la puerta, la radiante calle 24, la más bonita de la ciudad, con su inmensa iglesia griega ortodoxa y los restaurantes cubanos de alto copete, los rascacielos del Downtown en la cálida noche de diciembre. 1,50$ por pasar el peaje que hay a la entrada de Key Biscaine, y entonces el puente que sube y deja contemplar la más resplandeciente visión de la bahía iluminada, los edificios reflejándose en el mar. Tercer semáforo a la derecha, community center. La agregaduría de Educación de la embajada nos invitaba a la fiesta para profesores visitantes. Uno no sabe si imaginarse una escena con Ferrerorochers o un guateque con patatas fritas de bolsa chunga oferta 3x2 en el Publix. Al final resultó una cosa intermedia con cátering de restaurante seudoespañol y agregado cultural de sempiterna camisa azul celeste como invitado estrella. Esperaba ver a un montón de profesores de los que había perdido la pista hace tiempo, pero me encontré con los de siempre, los que somos de ir a estas cosas. Vino de rioja, cerveza San Miguel-donde-va-triunfa, fugaz aparición de jamón serrano, hola que tal, como te va en tu escuela, qué haces últimamente, cómo lo llevas. Vivir en Miami es duro. Resulta un lugar extraño. Sales al balcón de fumadores y contemplas la ciudad iluminada, la piscina azul más abajo, los semáforos y el gran árbol de navidad a la derecha y no puedes menos que pensar que no podías morir sin haber visto esto, sin sentir este momento de calma y de placidez, sentirte por fin a gusto con lo que eres y con donde estás, lejos del extraño silencio de los Hammocks y sus muros, sus parcelas, sus casas cerradas, sus farolas de luz amarillenta (¡amarillentas!) Todo pasa y todo queda, y a mi me queda un instante en el trópico, en mangas de camisa en pleno diciembre, contemplando el fulgor de una ciudad inquietante, un lugar altamente extraño.

Lo extraño te persigue, resulta inevitable pensar en cómo todas las cosas de este mundo se concentran en un solo punto desasido, tambaleante. S. concentraba todas las miradas, con su vestido rojo impactante, su escote, su extraña forma de maquillarse. A mi me alegraba verla feliz, integrándose en todas las conversaciones. Sabía que necesitaba esto, salir, hablar, respirar, tomar un poco de aire, encontrarse fuera de Hallandale Beach, reirse, escuchar anécdotas extrañas de visitas a la reserva de indios Seminole, añoranzas de Sevilla del auxiliar de conversación de la FIU, vivir. El día anterior habíamos hablado largo rato, en la hora en que los alumnos que compartimos estaban en la fiesta del Honor Roll recogiendo sus diplomas de empollones conspicuos. Ella me decía que no sabía si vendría a la fiesta por que el novio no la dejaba. S. lo está pasando mal, yo no sé si debería contar aquí su historia, que por lo demás es igual a tantas, tantas veces escrita, tantas veces contada. S no va a leer esto, sería mejor que no lo hiciera, el novio podría controlarle las páginas que visita, como le controla las llamadas del móvil, podría reconocer la inicial, algunos detalles, menudo lío, ya se ha montado otra vez la de dios. S. llega a la escuela ojerosa por que se pasa los días y las noches discutiendo, luchando por cada centímetro de libertad, por cada molécula de oxígeno antes de ahogarse definitivamente. S llora mucho, se vuelve pequeña cuando él llama, mira asustada el teléfono cuando suena.

Es problema suyo.

Es así de duro, así de real. Nadie la obligó, nadie la obliga, y nadie puede hacer por ella nada que ella no haga. Nadie podrá nunca convencerla de que el amor no es esto. Puede ser muchas cosas, pero esto no. Vamos, digo yo, que sé pocas cosas, y me considero bastante gilipollas en bastantes aspectos. Hasta ahí, sin embargo, llego. Que te dice la ropa que tienes que ponerte, que te manda esperarte en casa hasta que el vuelve del trabajo a las nueve de la noche y enciende la tele, que no te deja salir con nadie, que te grita, que te mira con desprecio, que le tienes un miedo cerval (qué palabra más extraña). Problema tuyo. Puede ser una especie de sarampión que cierta gente tenemos que pasar, aquí el menda con una hija de puta de Sabadell como ejemplo. Por que solo te pasa lo que permites que te pase y por que cuando dices que en verdad le quieres pero que no has sabido hacerle entender que tiene que cambiar, que en el fondo es bueno, vaya, esto parece la peli de te doy mis ojos. Tía, S, o sea, no sé como decirlo, te lo mereces. Así de simple. Nosotros, los profesores visitantes, los que trabajamos contigo te hemos visto sonreír, podemos decir más que aquel-que-tiene-que-cambiar.

A las once cerraban el Community Center, y los salones de con sillones de mimbre y profusos cojines, las paredes con cuadros de marinas elegantes y azules, el reluciente mármol y los estilizados jarrones con flores secas y ornamentos orientales, todo quedaría pronto inundado en la más produnda oscuridad. S desapareció, la había visto hablar por teléfono en una esquina del balcón, reconcentrada en ella misma. Recogimos los restos de tortilla de patatas, ensaladilla rusa, botellas vacías, algo de embutido, manteles blancos. Despedidas, besos, ¿vuelves a España en Navidades? Ya nos veremos después de las vacaciones.

Diego y yo quedamos en South Beach, entre la doce y Euclid. Tenía ganas de ver a Eli, su sonrisa, de hablar de temas profundos haciéndome un poco el interesante, de verla bailar salsa, y que me arrastre a la pista y me haga dar vueltas , de decirle que siento que me va sumando y restando puntos (puntos positivos, puntos negativos) y que me acepte como soy, que no me diga más que aún no nos conocemos, que me deje llevarla a casa ahora que no tiene coche y para mi no es un problema hacerle el favor, que sea lo que sea que salga entre nosotros estoy contento de haberla conocido y quiero seguir conociéndola.

Aparco en Meridian, bajo los inmensos árboles del paseo y llamo a Diego. Está con S y con el sr. Delgado. Todavía están en el párquing de Key Biscayne, siguen intentando decidir si vendrán a la playa. Me pasan el móvil, hablo con uno y con otro, menuda confusión, bromas inacabadas, cometarios jocosos, mucha risa tonta. Parece que vienen, así que les digo que voy a esperar aquí. Supongo que serán veinte minutos a lo sumo. Bajo a Washington a comprar tabaco en un supermercado de esos que sobreviven entre las discotecas superguays donde las imitadoras de beyoncé esperan en la cola a ser elegidas para ingresar en el convento de la noche con sus botellas de tequila a 300 dólares (yo lo he visto). Acabo en Ocean Drive, paseando por la vereda del mar, la música a lo lejos, tras los coches de lujo aparcados en doble fila.

Eli sigue en Brickell, dice que duda de que vengan a South Beach, me siento en un banco del párquing. Llamo a Diego a ver si vienen. Llamo a Mr. Delgado, llamo a S. Nadie responde, vuelvo con la ronda de llamadas. Diego ya está en su casa. Voy allí. Me cuenta que tenían a S. medio llorando en el párquing, no había manera de irse. Mr. Delgado acaba de aparcar en Alton Road con la 11. Cuenta que S. estaba fatal, arrasada de lagrimones, preguntándole que qué creía él que era el respeto; el respeto como concepto. Él llama, le dice que está en Key Biscayne, a una calle de dónde ella está. Con gesto de pánico, le dice a Mr. Delgado, tapando el auricular, que se vaya, vete, ¡vete QUE SE PONE MUY VIOLENTO! Y Mr. Delgado se va por no empeorar las cosas, siempre por no empeorar las cosas.

Comentamos lo sucedido de camino al Buck 15, recriminamos, nos lamentamos de que pasen estas cosas, coincidimos en que es la misma historia mil veces contada, y ya está. Vamos, que ya está. Pasamos Lincoln Road, comentamos la profusión de silicona en el personal femenino, nos sonreimos al ver al tío con faldas que baila ridículamente junto a un banco, el plato en el suelo. Acabamos esperando sentados en un reborde a que nos dejen entrar en el antro. Suena el teléfono y me palpita el corazón pensando a ver si va a ser Eli, qué bonito que me llame. No era Eli, era S. No escucho bien. Suena una voz de hombre diciendo mi nombre. Se corta, vuelve a sonar, la misma historia. Miro a los dos colegas y les digo que un tío me está llamando con el teléfono de S. Concluimos que el novio debe haberle pillado el móvil y habrá visto mis dos llamadas perdidas, que ahora se dispone a ajustar cuentas. ¿Qué le digo? Ellos me repiten que no empeore las cosas a ver si la va a arrear. Siempre lo mismo, no empeorar las cosas, no empeorar las cosas, es lo mejor, no empeores las cosas, que la metes en un lío, que a ver si la va a zurrar.

Me siento gilipollas, más gilipollas de lo normal, me refiero. Y me pregunto por que a mi, que he hecho yo para merecer esto. Vuelve a llamar, esta vez con un número extraño. Me pregunta que quien soy y yo, yo, no le dije que a ver quien coño era él, que a ver quien coño era él para llamarme a mi, a estas horas de la noche. Da igual, me informa de que es el novio de S. Es un ser despreciable, y aquí, a la puerta del Buck 15 le tenemos muchas ganas, nos sentimos los tres indignados y le daríamos una somanta de palos, por cabrón y por hijo de puta.

Uno nunca sabe cuanto se puede deformar la realidad, iba a decir que en una mente enferma, pero la realidad se deforma por que no es real, solo una apreciación, y Miami es un lugar extraño donde pasan cosas extrañas. El novio me informa de que HA TENIDO que ir a Key Biscayne por que su querida S. estaba muy mal, y que se la ha encontrado llorando en el párquing, QUE A VER QUÉ LE HABÍAMOS HECHO. Alucina vecina. Que si había tomado mucho alcohol, por que, ja, es que no se la puede dejar sola. O sea. Tapo el auricular. Le canto las cuarenta, le digo a los otros, le canto las cuarenta. Que no, me dicen, que no, que va a ser peor, invéntate una excusa, haz el paripé. Sí, pero soy yo el que tiene que escucharla llorar al fondo, mientras el señor novio tiene su teléfono en la mano e inspecciona las llamadas perdidas y me dice que a ver quien soy yo. ¡QUE QUIEN SOY YO! y que por que llamo tanto a S. Por que sabe, ojito, sabe que la he llamado antes, algún domingo. Me siento un miserable, una escoria, y creo que no lo merezco, cuando balbuceo que la llamaba por que había una botella de vino que sobraba -S. llora al fondo, puedo oirla- a ver si se la quería llevar, y que el agregado se había olvidado de darle un papel. Que soy un compañero de trabajo -S llora al fondo- y que las otras veces la había llamado para decirle lo que íbamos a hacer en la clase que comparte conmigo. Todo lo cual no es del todo verdad. La llamaba por que es un ser humano, y por que me caía bien. Pero ves tú a decírselo, no vaya a ser que empeores las cosas. El novio me dice que yo no tengo que llamarla para nada, que el Domingo no es día de trabajar. Y yo que soy un gusano miserable, un cobarde indigno y pisoteado –juraría que S. llora al fondo, me aturde ese llanto agudo, persistente, intento distinguirlo, no sea que me confunda – yo que soy todo eso y no necesito que un chuloputas me lo recuerde, yo le digo que sí pero, bueno, yo, claro, es que, claro, sí, ya, no si yo te entiendo.

Aunque los colegas me repitan que hice bien, argumenten, intenten reconfortarme, lo siento, pero no puedo quitarme de la cabeza que yo no merecía sentirme así, tan ridículo, tan miserable, tan cobarde. O sí, quien me mandaba llamar a S. ni a nadie, que me han salpicado con toda su mierda, así de lleno, y ahora tengo que ocupar una parte de mi mente en decidir si me lo me tenía bien ganado, por ser como soy o por no ser lo que no soy o lo que no he sido o yo que sé. El caso es que yo estaba tan contento con mi noche de viernes, y ahí vienen esos a revolcarme en su ciénago infecto, ese en el que están ellos ahogándose.

El Buck 15 está extraño, no divisamos a la tía que empuja a los incautos, sí aparecen la camarera rubia, las parejas enamoradas que se besan en los sofás, las hembras que perrean en la pista, que se abrazan entre ellas, felices y alegres, que derraman la cerveza sobre sus vestidos, las niñinas algo borrachas que bailan sobre los sofás, los tíos con gorra de beisbol fumando en una esquina, el perdido con gafas de pasta y camiseta de Keane. Pero no es lo mismo.

Volvimos pronto a casa.

5 comentarios:

Tierralandia dijo...

Yo no sé si hiciste lo correcto, a lo mejor sólo eligiste el mal menor, pero seguro que has hecho lo que ella te hubiera pedido que hicieras y puede que eso sí sea lo correcto.

Justí Ficant Sales dijo...

Lo que es seguro es que actuaste minimizando daños, aunque lo que se merece el perla ese es una mano hostias. Tal vez ella no te hubiera pedido actuar así, pero él habrá actuado como ya había decidido actuar antes de llamarte, antes siquiera de mirarle el móvil.
No le des más vueltas de las imprescindibles, no existen los principes azules al rescate y a ti además te quedaría fatal el jubón. Salud y sexo socio.

ptx dijo...

¿puedo añadirte a la lista de gente que habla mi mismo idioma? Es decir, si te importa que salga un link a tu blog desde el mío.
Ya me dirás.
Marta.

Anónimo dijo...

Para emejotace: no, no me importa. Gracias por la distinción.

Justí Ficant Sales dijo...

Pues ya sabes socio, aprende de la historia, ella tiene lo que quiere y tú no te mereces estar jodido por eso.