sábado, 22 de diciembre de 2007

Jerry Springer

Imagina la historia, sin duda altamente literaria, con todo lo que ello significa. Un enano enamorado de una trapecista. Hace tiempo leí un cuento sobre ello, uno de esos relatos difusamente amargados y terriblemente contemporáneos. Una noche de amor fingido, sucio, polvoriento, en un motel de Sacramento, camino de ninguna parte. Todos somos alguna vez, a veces indistintamente, a veces alternativamente, enanos ridículos o bellos y habilidosos artistas del vértigo del trapecio. En América nadie es nada y es muchas cosas, a veces indistintamente, a veces alternativamente, todo está por hacer, vives en las afueras, sonríes a los compañeros de trabajo y les mandas correos electrónicos con felicitaciones navideñas, les dejas unos caramelos en forma de alegre bastoncillo en su box, te compras un coche estupendo y potente, formas una familia por que es lo único real que tienes al alcance. No se admiten disidencias, para lo demás está la televisión: la liga NFL, carreras de la Nasdaq, videoclips de reguetón, California, el Grinch que roba la navidad, perros que hablan, vivimos en un país libre.

Pero el absurdo ronda, existe en demasía como para evitarlo, más aún, se le conjura en artificios catódicos, se trastoca su provocación lúbrica, dudable, pringosa, salvaje, demasiado cercana para no resultar atractiva, demasiado lejana para mancharse los dedos, inesperable y sobrada, siempre imperdonable y siempre ridícula.

Vivo a seis millas de la escuela. Algunas mañanas cojo el coche y salgo disparado hacia la 137 avenida, paso la BP, la esquina del Wendy’s, si tengo suerte apenas me paro en el semáforo de la 120 Street, atajo por la 112, entre las casas unifamiliares, hay que saber cuál es el recorrido adecuado para no quedarse atascado en algún lado. A las once y pico de la mañana recaliento literalmente lo que sea y como viendo Jerry Springer en TBS, canal 11.

Un enano sale de la puerta de invitados con un ramo de flores amarillas. Jerry Springer sabe que tiene que superarse a sí mismo cada día, qué sería si no de él. Uno piensa que no, hombre, eso no, que no puede ser que se aprovechen del pobre enano para su espectáculo absurdo y desquiciado, sin darse cuenta de que el absurdo no perdona a nadie por que, como la realidad misma, solo es una interpretación, vigila a ver como la cuentas. El enano es la carne desguazada, la esencia misma del patetismo de lo absurdo, de su irónica sonrisa desdentada y cerulenta. Flores amarillas, una camisa del Wal-Mart, un gesto simiesco, el enano afirma que está enamorado de una mujer y que viene a solicitar que ella le acepte. El circo abre el telón, el público lanza una ovación cariñosa, la maquinaria comienza a girar, alguien en un despacho de la cadena se frota las manos observando los monitores, el regidor enfoca el rostro del enamorado, uno piensa, bueno, hasta ahora no ha pasado nada. ¿Qué es lo que nos extraña? ¿Acaso no se puede enamorar un enano?

Aparece como un tifón una mujer entrada en carnes, se acerca al enano, le agarra el ramo, casi arrancándoselo de las manos, mientras el minúsculo hombrecillo se azora en hincar una rodilla en el suelo, comenzar su largamente ensayada declaración de amor por encima de todas las cosas.

No le da tiempo.
La mujerona le atiza con el ramo en la cabeza, varias veces, mientras el enano reacciona mal, confuso. Cientos de pétalos amarillos vuelan por el aire viciado del estudio de grabación, ovación cerrada del público, un segurata se acerca para apartar a la muchacha antes de que agarre por el cuello a la pequeña réplica de ideal romántico. Repuesto, se arranca la camisa y se golpea el pecho desnudo con rabia torera: “You say you wanted me” dijiste que me querías. Empiezo a darme cuenta de que el enano sabía que esto iba a pasar.

Y pensar que a Beckett le dieron el premio Nobel de literatura. Señores de la academia sueca, que poco ven ustedes la televisión americana, donde no hace falta más que frotar los escozores, purulentos sarpullidos, de personajes que pululan por el mudo mundo disimulando lo que pueden llegar a ser –lo que en esencia son- en sus quince minutos de fama. Lo importante es poner cámaras. Saberse filmado infecta e inflama lo que sospecho como algo inherente al ser humano: revolcarse en el barro de tus propias miserias. No hay catarsis posible, no hay absolución. Solo un clamor en el público –las jovencitas bien peinadas de la tercera fila que sonríen, el cincuentón de la camiseta 3XL con la bandera USA- queda al final de tanto desperdicio ajeno, ahí está, pudriéndose a ojos vista en alta definición a chorrocientos fotogramas por minuto.

La individua es interpelada por el moderador, quien le pregunta cuál es la causa de su enfado ¿Acaso no durmieron juntos una noche? Ah, cuan grato me resulta al oído el eufemismo, hay que joderse. VALE; ESTABA BORRACHA grita la tía, JODER, ESTABA BORRACHA, OSTIAS, y se indigna. Lo interesante es que un pitido se sobrepone a los fucks y los damned, salvaguardando nuestro delicado oído de vocabulario hiriente e inapropiado, menos mal, que sería si no de nosotros, y joder, ¿qué pasa si esto lo ve un niño? Pero tranquilos, estamos a salvo, menos mal. Mucho pitido, eso sí. La señorita que se emborrachó argumenta que su novio la había dejado y cayó en el alcohol, último recurso, siniestro y asqueroso, que la ha llevado a la degradación, como está viéndose. El público, en plan circo romano, la entiende y la perdona magnánimamente. Y uno piensa en lo mucho que debe haber bebido para... ¿pero es que no se daba cuenta? O sea, que les pasa a las tías, que les parece que decir que estaban borrachas resulta una excusa convincente para cualquier cosa. Mea en la calle, la graban y luego lo emiten en impacto TV. Respuesta: estaba borracha. Tiene pasta de dientes en el pelo, estaba borracha. (Lo peor es cuando beben y dicen que tienen ganas de “hacer locuras”.) Se lía con un enano por que le daba morbo y punto. Respuesta: estaba borracha. Fue un error. Todo lo que no conviene fue un error, estaba borracha, no sabía lo que hacía, yo es que con poco que beba se me va la cabeza.

El enano también está cabreado como una mona, (presuponiendo gratuitamente que las monas se cabrean) y le dice que gracias a ella ha descubierto una cosa muy importante en su vida. Silencio expectante. Él creía, o sea, hasta que ella dejó que su borrachera les uniera, él creía que era gay. Pero la muchacha de la cogorza le ha hecho ver la realidad de su orientación sexual.

Detengámonos un momento: un enano gay se lía con una regordeta bien aderezada de tequila... ¿Cuál es el puto problema? pienso yo. Estas cosas pasan, joder, quien soy yo para juzgar a nadie, más aún si con ello acabo descubriendo que nada me distingue de la masa informe de público que ulula en sus gradas.

Pero el espectáculo muestra sus bien trabados engranajes, esa pericia inquietante. Step 1: sale el novio de la muchacha, un afro americano con pintas de drogadicto hiphopero del Overtown. Hasta ahora, pobre de mi, solo habíamos asistido al prólogo. Lo bueno es ver al enano lanzándose con repentina saña a morderle los huevos al afro americano (más arriba no llega), acabando los dos revolcados por el suelo en indómita zarabunda de cuerpos disformes restregándose. ¿Debería reírme? Esta duda me acosa.

Fin de fiesta, happy ending: sale el novio del enano, que resulta que tenía novio, por que como ha comentado, es (era) gay. con toda la pluma de una almohada de plumas, el novio recrimina amargamente (esa mano tonta) que el enano en quien había depositado su “love and trust” quiera dejarle por esa “bitch”, quizás sin darse cuenta de que ya hacía tiempo que el enano le había dejado, creo yo que más o menos cuando decidió (solicitó) venir al infame programa para revolver bien la mierda de una vida –como todas- sin demasiado sentido, quizás con el pueril deseo de cambiarlo todo o de confirmar su triste pero real esencia. En fin, que el novio no tarda en darle un par de mecos al sufrido enano, que se vuelve a defender atacando furibundamente las delicadas partes bajas. En mi cole eso se consideraba deshonesto, pero dime tú a ver que te queda cuando eres enano y apenas mides un metro (3 pies según medidas anglosajonas).

A estas alturas, el público grita desaforadamente, que diversión, menuda locura.

Llega la hora, tengo que volver a la escuela a educar a los niños de los condos vecinos, los que irán al Publix con sus padres y me saludarán en el pasillo de canned meats, los que se pasan todas las pantallas de todos los juegos de la playstation, los que hacen orgías en los lavabos de la tercera planta. Tengo que coger de nuevo el coche, salir disparado hacia la 137 avenida, pasar la BP, la esquina del Wendy’s, si tengo suerte apenas me paro en el semáforo de la 120 Street, atajo por la 112, entre las casas unifamiliares... todo lo mismo pero al revés.

¿Que sucederá con el enano gay? ¿Se reconciliará con el novio plumero? (que por cierto, es bajito pero no enano). ¿Se cortará las venas mientras adolece en la bañera de un motel de Sacramento? ¿Nadie se ha dado cuenta de que la historia del enano da para una novela sobre lo absurdo de la vida contemporánea? ¿Todos somos enanos?

Un fulgor repentino y breve. Silencio. Presionando un botón el televisor se apaga.

Todo vuelve a la quieta calma en que vivía.

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